
Después de todo,
la muerte es sólo un síntoma
de que hubo vida.
¿Cuándo fue, que todo inició? ¿Cuándo fue, que nunca me di cuenta? ¿Cuándo fue, que ni siquiera lo vi venir? ¿Cuándo? ¿Cuándo...?
Tal vez pasó, mientras estábamos ahí presentes, aunque en una total ausencia. Mirábamos pero no mirábamos. Hablábamos pero no hablábamos. Sentíamos pero no sentíamos. Porque ¿qué es lo que hay que ver, que hablar, que sentir? Ni siquiera lo supimos. Dejamos que la respuesta, frente a nosotros, volara, se esfumara, desapareciera... y lo dejamos, lo dejamos pasar como si no necesitáramos saberlo. Y no lo sabemos, nadie lo sabe y nadie jamás lo sabrá. ¿Para qué? Si ni siquiera podemos hacer nada contra ello, contra el factor final, el hecho inevitable. Lo único que es seguro, en una vida llena de azares y probabilidades.
Pero, dime, ¿Cuándo paso que aquel niño puro de inocencia creció y comenzó a preocuparse? Dime, ¿Cuándo dejó esa ingenuidad para enfrentarse con la realidad? ¿Cuándo dejamos de soñar, de jugar, de despreocuparnos? Dime, ¿Cómo se lo explicas, cómo le dices lo que un día pasará? Porque honestamente, él no lo sabe. Vive, vive y solo vive, sin preguntarse nada más. Y los días se nos van entre risas, suspiros y travesuras. Mientras creces, aún sin darte cuenta de ello, creyendo que tendrás todo el tiempo del mundo frente de ti, cuando de la nada han pasado tres años y lo has sentido como segundos. Celebramos cumpleaños, navidades y años nuevos. ¿Y? Vivimos, claro que vivimos. Nos hacemos grandes, independientes. Asistimos al colegio, aprendemos con el único propósito de prepararnos para la siguiente etapa. ¿Qué si no quiero, qué si deseo que sea eterno?
No puedes, no puedes.
Aun con que intento atraparlo, encerrar al tiempo entre mis manos para que no siga corriendo, siempre huye, ligeramente entre mis dedos. Dedos, que se entrelazan con otros, cálidos y profundos. Llega el primer amor, las mariposas en el estómago y el brillo en la mirada. Amamos, amamos, un amor distinto al familiar. Y volamos, entre nubes, con él, con ella. Con mil sueños que te has pintado y seguimos imaginando, creyendo que será eterno. ¿Por qué no? Entonces, nos vemos envueltos entre besos, inocentes e intensos, mientras la carrera todavía continúa. Nos sentimos completos, plenos, felices. Las razones para ir a la escuela son meramente sociales, amigos, tus amigos y nos gusta, somos felices con ello. ¿O no? Porque sabemos, que la vida no se trata sólo de una ecuación, sólo de una fórmula o de un poema; que aunque son necesarios, no terminan por llenar todo nuestro disco duro. Necesitamos más y más, mientras crecemos y vemos al mundo diferente. Nos quitamos de poco en poco esos lentes que no nos dejan ver todo lo que existe. Nos pensamos únicos y afortunados, por vivir en un mundo desigual, donde el poder está en pocas manos y la pobreza en muchas. Pero no hay solución, no hay cómo cambiar el sistema. Y nos sentimos especiales, más allá de todo, por ser humanos y gobernar un planeta. Uno, que creemos eterno. Pensamos, erróneamente, que dentro de un universo donde existen más de cien mil millones de galaxias, de las cuales cada una tiene más de cien mil millones de estrellas y cada estrella, forma un sistema solar, seguimos pensándonos únicos. ¿Te lo imaginas? ¿Lo pequeños que somos, lo increíblemente pequeños que somos y lo perfectos que nos creemos?
Y seguimos sin darnos cuenta. Porque vivimos en un mundo de banalidades, en un mundo donde lo material define quién eres. Aún te imaginas eterno, con un futuro sin límite por delante. Y no te fijas que tal vez, solo tal vez, el tiempo se te está acabando. Prefieres continuar preocupándote por lo que otros pensarán de ti, por si se darán cuenta de tu nuevo corte o de tus nuevos zapatos de marca.
¿Hasta cuándo?
¿Hasta cuándo saldrás de tu pequeña burbuja y te atreverás a vivir? Porque es corta, la vida es corta y la estás dejando ir. La dejas volar, esfumarse, desaparecer. Mientras los segundos pasan, se consumen y tu creces, vives, haces amigos, te enamoras, te gradúas y te conviertes en un adulto. Enfrentas a la vida, a la responsabilidad de un trabajo y a las exigencias de un jefe. Pero entretanto no llega, te mantienes ciego, pensando en que todavía falta mucho para que ese momento llegue. Abre los ojos, ábrelos bien y no desperdicies ni una fracción de segundo. Aprovecha, disfruta y vive al máximo. Porque llegará el momento, cuando menos te lo esperes, que tu vida habrá pasado entera, como un suspiro, como una suave risa y una fugaz travesura.
¿Ahora lo ves, te das cuenta ya? Y para ese momento ya no podrás hacer nada, no podrás rogarle al tiempo que vuelva atrás para que te permita vivir todo lo que dejaste pasar. Desde las tristezas hasta las alegrías, desde las lágrimas hasta las sonrisas. Porque todo cuenta y todo tienes que sentirlo. Porque todo vale y no estarás completo si no has vivido todo. No dejes que el día a día te vaya robando el aliento. Mejor, róbale tú el aliento a la vida y saca lo más que puedas de ella, para que cuanto el momento llegue, ese momento definitivo toque a tu puerta, le abras con una sonrisa. Una sonrisa que le deje helado, una sonrisa que le demuestre lo mucho que viviste y disfrutaste, que le enseñe que diste todo y por eso estás listo. ¿Y cómo sabrás que estás listo? Bueno, eso, eso ya solo depende de ti.
Todo. Repito, todo, siempre dependerá de ti.
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Solo me salió, ¿qué otra explicación hay que dar? Pasa que he estado pensando mucho sobre ello, más aún, cuando en unos cuantos meses entraré a la universidad. Por fin doy cuenta de lo rápido que vuela el tiempo y lo fugaz que pasa la vida. Es entonces cuando quieres disfrutarla de todas a todas y eso es en lo que he estado pensando. Espero alguien lo lea y más allá de eso, que les guste y les deje algo. Puede ser que yo solo esté equivocada, que lo que piense esté mal, pero eso lo decidirán ustedes.
»Van